“LAS AVENTURAS DEL INGENIOSO HIDALGO DON
QUIJOTE DE LA MANCHA”
MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA
I PARTE
I PARTE
Capítulo 40 XL: Donde se prosigue la historia del
cautivo
Soneto
Almas dichosas que del
mortal velo
libres y esentas, por el bien que obrastes,
desde la baja tierra os levantastes
a lo más alto y lo mejor del cielo,
libres y esentas, por el bien que obrastes,
desde la baja tierra os levantastes
a lo más alto y lo mejor del cielo,
y, ardiendo en ira y en
honroso celo,
de los cuerpos la fuerza ejercitastes,
que en propia y sangre ajena colorastes
el mar vecino y arenoso suelo;
de los cuerpos la fuerza ejercitastes,
que en propia y sangre ajena colorastes
el mar vecino y arenoso suelo;
primero que el valor faltó
la vida
en los cansados brazos, que, muriendo,
con ser vencidos, llevan la vitoria.
en los cansados brazos, que, muriendo,
con ser vencidos, llevan la vitoria.
Y esta vuestra mortal,
triste caída
entre el muro y el hierro, os va adquiriendo
fama que el mundo os da, y el cielo gloria.
entre el muro y el hierro, os va adquiriendo
fama que el mundo os da, y el cielo gloria.
-Desa mesma manera le sé yo
-dijo el cautivo.
-Pues el del fuerte, si mal
no me acuerdo -dijo el caballero-, dice así:
Soneto
De entre esta tierra
estéril, derribada,
destos terrones por el suelo echados,
las almas santas de tres mil soldados
subieron vivas a mejor morada,
destos terrones por el suelo echados,
las almas santas de tres mil soldados
subieron vivas a mejor morada,
siendo primero, en vano,
ejercitada
la fuerza de sus brazos esforzados,
hasta que, al fin, de pocos y cansados,
dieron la vida al filo de la espada.
la fuerza de sus brazos esforzados,
hasta que, al fin, de pocos y cansados,
dieron la vida al filo de la espada.
Y éste es el suelo que
continuo ha sido
de mil memorias lamentables lleno
en los pasados siglos y presentes.
de mil memorias lamentables lleno
en los pasados siglos y presentes.
Mas no más justas de su
duro seno
habrán al claro cielo almas subido,
ni aun él sostuvo cuerpos tan valientes.
habrán al claro cielo almas subido,
ni aun él sostuvo cuerpos tan valientes.
No
parecieron mal los sonetos, y el cautivo se alegró con las nuevas que de su
camarada le dieron; y, prosiguiendo su cuento, dijo:
-«Rendidos,
pues, la Goleta y el fuerte, los turcos dieron orden en desmantelar la Goleta,
porque el fuerte quedó tal, que no hubo qué poner por tierra, y para hacerlo
con más brevedad y menos trabajo, la minaron por tres partes; pero con ninguna
se pudo volar lo que parecía menos fuerte, que eran las murallas viejas; y todo
aquello que había quedado en pie de la fortificación nueva que había hecho el
Fratín, con mucha facilidad vino a tierra. En resolución, la armada volvió a
Constantinopla, triunfante y vencedora: y de allí a pocos meses murió mi amo el
Uchalí, al cual llamaban Uchalí Fartax, que quiere decir, en lengua turquesca,
el renegado tiñoso, porque lo era; y es costumbre entre los turcos ponerse
nombres de alguna falta que tengan, o de alguna virtud que en ellos haya. Y
esto es porque no hay entre ellos sino cuatro apellidos de linajes, que
decienden de la casa Otomana , y los demás, como tengo dicho, toman nombre y
apellido ya de las tachas del cuerpo y ya de las virtudes del ánimo. Y este
Tiñoso bogó el remo, siendo esclavo del Gran Señor, catorce años, y a más de
los treinta y cuatro de sus edad renegó, de despecho de que un turco, estando
al remo, le dio un bofetón, y por poderse vengar dejó su fe; y fue tanto su
valor que, sin subir por los torpes medios y caminos que los más privados del
Gran Turco suben, vino a ser rey de Argel, y después, a ser general de la mar,
que es el tercero cargo que hay en aquel señorío. Era calabrés de nación, y
moralmente fue un hombre de bien, y trataba con mucha humanidad a sus cautivos,
que llegó a tener tres mil, los cuales, después de su muerte, se repartieron,
como él lo dejó en su testamento, entre el Gran Señor (que también es hijo
heredero de cuantos mueren, y entra a la parte con los más hijos que deja el
difunto) y entre sus renegados; y yo cupe a un renegado veneciano que, siendo
grumete de una nave, le cautivó el Uchalí, y le quiso tanto, que fue uno de los
más regalados garzones suyos, y él vino a ser el más cruel renegado que jamás
se ha visto. Llamábase Azán Agá, y llegó a ser muy rico, y a ser rey de Argel;
con el cual yo vine de Constantinopla, algo contento, por estar tan cerca de
España, no porque pensase escribir a nadie el desdichado suceso mío, sino por
ver si me era más favorable la suerte en Argel que en Constantinopla, donde ya
había probado mil maneras de huirme, y ninguna tuvo sazón ni ventura; y pensaba
en Argel buscar otros medios de alcanzar lo que tanto deseaba, porque jamás me
desamparó la esperanza de tener libertad; y cuando en lo que fabricaba, pensaba
y ponía por obra no correspondía el suceso a la intención, luego, sin
abandonarme, fingía y buscaba otra esperanza que me sustentase, aunque fuese
débil y flaca.
»Con
esto entretenía la vida, encerrado en una prisión o casa que los turcos llaman
baño, donde encierran los cautivos cristianos, así los que son del rey como de
algunos particulares; y los que llaman del almacén, que es como decir cautivos
del concejo, que sirven a la ciudad en las obras públicas que hace y en otros
oficios, y estos tales cautivos tienen muy dificultosa su libertad, que, como
son del común y no tienen amo particular, no hay con quien tratar su rescate,
aunque le tengan. En estos baños, como tengo dicho, suelen llevar a sus
cautivos algunos particulares del pueblo, principalmente cuando son de rescate,
porque allí los tienen holgados y seguros hasta que venga su rescate. También
los cautivos del rey que son de rescate no salen al trabajo con la demás
chusma, si no es cuando se tarda su rescate; que entonces, por hacerles que
escriban por él con más ahínco, les hacen trabajar y ir por leña con los demás,
que es un no pequeño trabajo.
»Yo,
pues, era uno de los de rescate; que, como se supo que era capitán, puesto que
dije mi poca posibilidad y falta de hacienda, no aprovechó nada para que no me
pusiesen en el número de los caballeros y gente de rescate.
Pusiéronme
una cadena, más por señal de rescate que por guardarme con ella; y así, pasaba
la vida en aquel baño, con otros muchos caballeros y gente principal, señalados
y tenidos por de rescate. Y, aunque la hambre y desnudez pudiera fatigarnos a
veces, y aun casi siempre, ninguna cosa nos fatigaba tanto como oír y ver, a
cada paso, las jamás vistas ni oídas crueldades que mi amo usaba con los
cristianos. Cada día ahorcaba el suyo, empalaba a éste, desorejaba aquél; y
esto, por tan poca ocasión, y tan sin ella, que los turcos conocían que lo
hacía no más de por hacerlo, y por ser natural condición suya ser homicida de
todo el género humano. Sólo libró bien con él un soldado español, llamado tal
de Saavedra, el cual, con haber hecho cosas que quedarán en la memoria de
aquellas gentes por muchos años, y todas por alcanzar libertad, jamás le dio
palo, ni se lo mandó dar, ni le dijo mala palabra; y, por la menor cosa de
muchas que hizo, temíamos todos que había de ser empalado, y así lo temió él
más de una vez; y si no fuera porque el tiempo no da lugar, yo dijera ahora
algo de lo que este soldado hizo, que fuera parte para entreteneros y admiraros
harto mejor que con el cuento de mi historia.
»Digo,
pues, que encima del patio de nuestra prisión caían las ventanas de la casa de
un moro rico y principal, las cuales, como de ordinario son las de los moros,
más eran agujeros que ventanas, y aun éstas se cubrían con celosías muy espesas
y apretadas. Acaeció, pues, que un día, estando en un terrado de nuestra
prisión con otros tres compañeros, haciendo pruebas de saltar con las cadenas,
por entretener el tiempo, estando solos, porque todos los demás cristianos
habían salido a trabajar, alcé acaso los ojos y vi que por aquellas cerradas
ventanillas que he dicho parecía una caña, y al remate della puesto un lienzo
atado, y la caña se estaba blandeando y moviéndose, casi como si hiciera señas
que llegásemos a tomarla. Miramos en ello, y uno de los que conmigo estaban fue
a ponerse debajo de la caña, por ver si la soltaban, o lo que hacían; pero, así
como llegó, alzaron la caña y la movieron a los dos lados, como si dijeran no
con la cabeza. Volvióse el cristiano, y tornáronla a bajar y hacer los mesmos
movimientos que primero. Fue otro de mis compañeros, y sucedióle lo mesmo que
al primero.
Finalmente,
fue el tercero y avínole lo que al primero y al segundo. Viendo yo esto, no
quise dejar de probar la suerte, y, así como llegué a ponerme debajo de la
caña, la dejaron caer, y dio a mis pies dentro del baño. Acudí luego a desatar
el lienzo, en el cual vi un nudo, y dentro dél venían diez cianíis, que son
unas monedas de oro bajo que usan los moros, que cada una vale diez reales de
los nuestros. Si me holgué con el hallazgo, no hay para qué decirlo, pues fue
tanto el contento como la admiración de pensar de donde podía venirnos aquel
bien, especialmente a mí, pues las muestras de no haber querido soltar la caña
sino a mí claro decían que a mí se hacía la merced. Tomé mi buen dinero, quebré
la caña, volvíme al terradillo, miré la ventana, y vi que por ella salía una
muy blanca mano, que la abrían y cerraban muy apriesa. Con esto entendimos, o
imaginamos, que alguna mujer que en aquella casa vivía nos debía de haber hecho
aquel beneficio; y, en señal de que lo agradecíamos, hecimos zalemas a uso de
moros, inclinando la cabeza, doblando el cuerpo y poniendo los brazos sobre el
pecho. De allí a poco sacaron por la mesma ventana una pequeña cruz hecha de
cañas, y luego la volvieron a entrar. Esta señal nos confirmó en que alguna
cristiana debía de estar cautiva en aquella casa, y era la que el bien nos
hacía; pero la blancura de la mano, y las ajorcas que en ella vimos, nos
deshizo este pensamiento, puesto que imaginamos que debía de ser cristiana
renegada, a quien de ordinario suelen tomar por legítimas mujeres sus mesmos
amos, y aun lo tienen a ventura, porque las estiman en más que las de su
nación.
»En
todos nuestros discursos dimos muy lejos de la verdad del caso; y así, todo
nuestro entretenimiento desde allí adelante era mirar y tener por norte a la
ventana donde nos había aparecido la estrella de la caña; pero bien se pasaron
quince días en que no la vimos, ni la mano tampoco, ni otra señal alguna. Y,
aunque en este tiempo procuramos con toda solicitud saber quién en aquella casa
vivía, y si había en ella alguna cristiana renegada, jamás hubo quien nos
dijese otra cosa, sino que allí vivía un moro principal y rico, llamado Agi
Morato, alcaide que había sido de La Pata, que es oficio entre ellos de mucha
calidad. Mas, cuando más descuidados estábamos de que por allí habían de llover
más cianíis, vimos a deshora parecer la caña, y otro lienzo en ella, con otro
nudo más crecido; y esto fue a tiempo que estaba el baño, como la vez pasada,
solo y sin gente.
Hecimos
la acostumbrada prueba, yendo cada uno primero que yo, de los mismos tres que
estábamos, pero a ninguno se rindió la caña sino a mí, porque, en llegando yo,
la dejaron caer. Desaté el nudo, y hallé cuarenta escudos de oro españoles y un
papel escrito en arábigo, y al cabo de lo escrito hecha una grande cruz. Besé
la cruz, tomé los escudos, volvíme al terrado, hecimos todos nuestras zalemas,
tornó a parecer la mano, hice señas que leería el papel, cerraron la ventana.
Quedamos todos confusos y alegres con lo sucedido; y, como ninguno de nosotros no
entendía el arábigo, era grande el deseo que teníamos de entender lo que el
papel contenía, y mayor la dificultad de buscar quien lo leyese.
»En
fin, yo me determiné de fiarme de un renegado, natural de Murcia, que se había
dado por grande amigo mío, y puesto prendas entre los dos, que le obligaban a
guardar el secreto que le encargase; porque suelen algunos renegados, cuando
tienen intención de volverse a tierra de cristianos, traer consigo algunas
firmas de cautivos principales, en que dan fe, en la forma que pueden, como el
tal renegado es hombre de bien, y que siempre ha hecho bien a cristianos, y que
lleva deseo de huirse en la primera ocasión que se le ofrezca. Algunos hay que
procuran estas fees con buena intención, otros se sirven dellas acaso y de
industria: que, viniendo a robar a tierra de cristianos, si a dicha se pierden
o los cautivan, sacan sus firmas y dicen que por aquellos papeles se verá el
propósito con que venían, el cual era de quedarse en tierra de cristianos, y
que por eso venían en corso con los demás turcos. Con esto se escapan de aquel
primer ímpetu, y se reconcilian con la Iglesia, sin que se les haga daño; y,
cuando veen la suya, se vuelven a Berbería a ser lo que antes eran. Otros hay
que usan destos papeles, y los procuran, con buen intento, y se quedan en
tierra de cristianos.
»Pues
uno de los renegados que he dicho era este mi amigo, el cual tenía firmas de
todas nuestras camaradas, donde le acreditábamos cuanto era posible; y si los
moros le hallaran estos papeles, le quemaran vivo. Supe que sabía muy bien
arábigo, y no solamente hablarlo, sino escribirlo; pero, antes que del todo me
declarase con él, le dije que me leyese aquel papel, que acaso me había hallado
en un agujero de mi rancho. Abrióle, y estuvo un buen espacio mirándole y
construyéndole, murmurando entre los dientes.
Preguntéle si lo entendía; díjome que muy bien, y, que si quería que me lo declarase palabra por palabra, que le diese tinta y pluma, porque mejor lo hiciese. Dímosle luego lo que pedía, y él poco a poco lo fue traduciendo; y, en acabando, dijo: ''Todo lo que va aquí en romance, sin faltar letra, es lo que contiene este papel morisco; y hase de advertir que adonde dice Lela Marién quiere decir Nuestra Señora la Virgen María' .
»Leímos el papel, y decía así:
Cuando
yo era niña, tenía mi padre una esclava, la cual en mi lengua me mostró la zalá
cristianesca, y me dijo muchas cosas de Lela Marién. La cristiana murió, y yo
sé que no fue al fuego, sino con Alá, porque después la vi dos veces, y me dijo
que me fuese a tierra de cristianos a ver a Lela Marién, que me quería mucho.
No sé yo cómo vaya: muchos cristianos he visto por esta ventana, y ninguno me
ha parecido caballero sino tú. Yo soy muy hermosa y muchacha, y tengo muchos
dineros que llevar conmigo: mira tú si puedes hacer cómo nos vamos, y serás
allá mi marido, si quisieres, y si no quisieres, no se me dará nada, que Lela
Marién me dará con quien me case.
Yo
escribí esto; mira a quién lo das a leer: no te fíes de ningún moro, porque son
todos marfuces. Desto tengo mucha pena: que quisiera que no te descubrieras a
nadie, porque si mi padre lo sabe, me echará luego en un pozo, y me cubrirá de
piedras. En la caña pondré un hilo: ata allí la respuesta; y si no tienes quien
te escriba arábigo, dímelo por señas, que Lela Marién hará que te entienda.
Ella y Alá te guarden, y esa cruz que yo beso muchas veces; que así me lo mandó
la cautiva.
»Mirad,
señores, si era razón que las razones deste papel nos admirasen y alegrasen. Y
así, lo uno y lo otro fue de manera que el renegado entendió que no acaso se
había hallado aquel papel, sino que realmente a alguno de nosotros se había
escrito; y así, nos rogó que si era verdad lo que sospechaba, que nos fiásemos
dél y se lo dijésemos, que él aventuraría su vida por nuestra libertad. Y,
diciendo esto, sacó del pecho un crucifijo de metal, y con muchas lágrimas juró
por el Dios que aquella imagen representaba, en quien él, aunque pecador y
malo, bien y fielmente creía, de guardarnos lealtad y secreto en todo cuanto
quisiésemos descubrirle, porque le parecía, y casi adevinaba que, por medio de
aquella que aquel papel había escrito, había él y todos nosotros de tener
libertad, y verse él en lo que tanto deseaba, que era reducirse al gremio de la
Santa Iglesia , su madre, de quien como miembro podrido estaba dividido y
apartado por su ignorancia y pecado.
»Con
tantas lágrimas y con muestras de tanto arrepentimiento dijo esto el renegado,
que todos de un mesmo parecer consentimos, y venimos en declararle la verdad
del caso; y así, le dimos cuenta de todo, sin encubrirle nada. Mostrámosle la
ventanilla por donde parecía la caña, y él marcó desde allí la casa, y quedó de
tener especial y gran cuidado de informarse quién en ella vivía. Acordamos,
ansimesmo, que sería bien responder al billete de la mora; y, como teníamos
quien lo supiese hacer, luego al momento el renegado escribió las razones que
yo le fui notando, que puntualmente fueron las que diré, porque de todos los
puntos sustanciales que en este suceso me acontecieron, ninguno se me ha ido de
la memoria, ni aun se me irá en tanto que tuviere vida.
»En
efeto, lo que a la mora se le respondió fue esto:
El
verdadero Alá te guarde, señora mía, y aquella bendita Marién, que es la
verdadera madre de Dios y es la que te ha puesto en corazón que te vayas a
tierra de cristianos, porque te quiere bien. Ruégale tú que se sirva de darte a
entender cómo podrás poner por obra lo que te manda, que ella es tan buena que
sí hará. De mi parte y de la de todos estos cristianos que están conmigo, te
ofrezco de hacer por ti todo lo que pudiéremos, hasta morir. No dejes de
escribirme y avisarme lo que pensares hacer, que yo te responderé siempre; que
el grande Alá nos ha dado un cristiano cautivo que sabe hablar y escribir tu
lengua tan bien como lo verás por este papel. Así que, sin tener miedo, nos
puedes avisar de todo lo que quisieres. A lo que dices que si fueres a tierra de
cristianos, que has de ser mi mujer, yo te lo prometo como buen cristiano; y
sabe que los cristianos cumplen lo que prometen mejor que los moros. Alá y
Marién, su madre, sean en tu guarda, señora mía.
»Escrito
y cerrado este papel, aguardé dos días a que estuviese el baño solo, como
solía, y luego salí al paso acostumbrado del terradillo, por ver si la caña
parecía, que no tardó mucho en asomar. Así como la vi, aunque no podía ver
quién la ponía, mostré el papel, como dando a entender que pusiesen el hilo,
pero ya venía puesto en la caña, al cual até el papel, y de allí a poco tornó a
parecer nuestra estrella, con la blanca bandera de paz del atadillo. Dejáronla
caer, y alcé yo, y hallé en el paño, en toda suerte de moneda de plata y de
oro, más de cincuenta escudos, los cuales cincuenta veces más doblaron nuestro
contento y confirmaron la esperanza de tener libertad.
»Aquella
misma noche volvió nuestro renegado, y nos dijo que había sabido que en aquella
casa vivía el mesmo moro que a nosotros nos habían dicho que se llamaba Agi
Morato, riquísimo por todo estremo, el cual tenía una sola hija, heredera de
toda su hacienda, y que era común opinión en toda la ciudad ser la más hermosa
mujer de la Berbería; y que muchos de los virreyes que allí venían la habían
pedido por mujer, y que ella nunca se había querido casar; y que también supo
que tuvo una cristiana cautiva, que ya se había muerto; todo lo cual concertaba
con lo que venía en el papel.
Entramos
luego en consejo con el renegado, en qué orden se tendría para sacar a la mora
y venirnos todos a tierra de cristianos, y, en fin, se acordó por entonces que
esperásemos el aviso segundo de Zoraida, que así se llamaba la que ahora quiere
llamarse María; porque bien vimos que ella, y no otra alguna era la que había
de dar medio a todas aquellas dificultades.
Después
que quedamos en esto, dijo el renegado que no tuviésemos pena, que él perdería
la vida o nos pondría en libertad.
»Cuatro
días estuvo el baño con gente, que fue ocasión que cuatro días tardase en
parecer la caña; al cabo de los cuales, en la acostumbrada soledad del baño,
pareció con el lienzo tan preñado, que un felicísimo parto prometía. Inclinóse
a mí la caña y el lienzo, hallé en él otro papel y cien escudos de oro, sin
otra moneda alguna. Estaba allí el renegado, dímosle a leer el papel dentro de
nuestro rancho, el cual dijo que así decía:
Yo
no sé, mi señor, cómo dar orden que nos vamos a España, ni Lela Marién me lo ha
dicho, aunque yo se lo he preguntado. Lo que se podrá hacer es que yo os daré
por esta ventana muchísimos dineros de oro: rescataos vos con ellos y vuestros
amigos, y vaya uno en tierra de cristianos, y compre allá una barca y vuelva
por los demás; y a mí me hallarán en el jardín de mi padre, que está a la
puerta de Babazón, junto a la marina, donde tengo de estar todo este verano con
mi padre y con mis criados. De allí, de noche, me podréis sacar sin miedo y
llevarme a la barca; y mira que has de ser mi marido, porque si no, yo pediré a
Marién que te castigue. Si no te fías de nadie que vaya por la barca, rescátate
tú y ve, que yo sé que volverás mejor que otro, pues eres caballero y
cristiano. Procura saber el jardín, y cuando te pasees por ahí sabré que está
solo el baño, y te daré mucho dinero. Alá te guarde, señor mío.
»Esto
decía y contenía el segundo papel. Lo cual visto por todos, cada uno se ofreció
a querer ser el rescatado, y prometió de ir y volver con toda puntualidad, y
también yo me ofrecí a lo mismo; a todo lo cual se opuso el renegado, diciendo
que en ninguna manera consentiría que ninguno saliese de libertad hasta que
fuesen todos juntos, porque la experiencia le había mostrado cuán mal cumplían
los libres las palabras que daban en el cautiverio; porque muchas veces habían
usado de aquel remedio algunos principales cautivos, rescatando a uno que fuese
a Valencia, o Mallorca, con dineros para poder armar una barca y volver por los
que le habían rescatado, y nunca habían vuelto; porque la libertad alcanzada y
el temor de no volver a perderla les borraba de la memoria todas las
obligaciones del mundo. Y, en confirmación de la verdad que nos decía, nos
contó brevemente un caso que casi en aquella mesma sazón había acaecido a unos
caballeros cristianos, el más estraño que jamás sucedió en aquellas partes,
donde a cada paso suceden cosas de grande espanto y de admiración.
»En
efecto, él vino a decir que lo que se podía y debía hacer era que el dinero que
se había de dar para rescatar al cristiano, que se le diese a él para comprar
allí en Argel una barca, con achaque de hacerse mercader y tratante en Tetuán y
en aquella costa; y que, siendo él señor de la barca, fácilmente se daría traza
para sacarlos del baño y embarcarlos a todos.
Cuanto
más, que si la mora, como ella decía, daba dineros para rescatarlos a todos,
que, estando libres, era facilísima cosa aun embarcarse en la mitad del día; y
que la dificultad que se ofrecía mayor era que los moros no consienten que
renegado alguno compre ni tenga barca, si no es bajel grande para ir en corso,
porque se temen que el que compra barca, principalmente si es español, no la
quiere sino para irse a tierra de cristianos; pero que él facilitaría este
inconveniente con hacer que un moro tagarino fuese a la parte con él en la
compañía de la barca y en la ganancia de las mercancías, y con esta sombra él
vendría a ser señor de la barca, con que daba por acabado todo lo demás.
»Y, puesto que a mí y a mis camaradas nos había parecido mejor lo de enviar por la barca a Mallorca, como la mora decía, no osamos contradecirle, temerosos que, si no hacíamos lo que él decía, nos había de descubrir y poner a peligro de perder las vidas, si descubriese el trato de Zoraida, por cuya vida diéramos todos las nuestras. Y así, determinamos de ponernos en las manos de Dios y en las del renegado, y en aquel mismo punto se le respondió a Zoraida, diciéndole que haríamos todo cuanto nos aconsejaba, porque lo había advertido tan bien como si Lela Marién se lo hubiera dicho, y que en ella sola estaba dilatar aquel negocio, o ponello luego por obra.
Ofrecímele
de nuevo de ser su esposo, y, con esto, otro día que acaeció a estar solo el
baño, en diversas veces, con la caña y el paño, nos dio dos mil escudos de oro,
y un papel donde decía que el primer jumá, que es el viernes, se iba al jardín
de su padre, y que antes que se fuese nos daría más dinero, y que si aquello no
bastase, que se lo avisásemos, que nos daría cuanto le pidiésemos: que su padre
tenía tantos, que no lo echaría menos, cuanto más, que ella tenía la llaves de
todo.
»Dimos
luego quinientos escudos al renegado para comprar la barca; con ochocientos me
rescaté yo, dando el dinero a un mercader valenciano que a la sazón se hallaba
en Argel, el cual me rescató del rey, tomándome sobre su palabra, dándola de
que con el primer bajel que viniese de Valencia pagaría mi rescate; porque si
luego diera el dinero, fuera dar sospechas al rey que había muchos días que mi
rescate estaba en Argel, y que el mercader, por sus granjerías, lo había
callado. Finalmente, mi amo era tan caviloso que en ninguna manera me atreví a
que luego se desembolsase el dinero. El jueves antes del viernes que la hermosa
Zoraida se había de ir al jardín, nos dio otros mil escudos y nos avisó de su
partida, rogándome que, si me rescatase, supiese luego el jardín de su padre, y
que en todo caso buscase ocasión de ir allá y verla. Respondíle en breves
palabras que así lo haría, y que tuviese cuidado de encomendarnos a Lela
Marién, con todas aquellas oraciones que la cautiva le había enseñado.
»Hecho
esto, dieron orden en que los tres compañeros nuestros se rescatasen, por
facilitar la salida del baño, y porque, viéndome a mí rescatado, y a ellos no,
pues había dinero, no se alborotasen y les persuadiese el diablo que hiciesen
alguna cosa en perjuicio de Zoraida; que, puesto que el ser ellos quien eran me
podía asegurar deste temor, con todo eso, no quise poner el negocio en
aventura, y así, los hice rescatar por la misma orden que yo me rescaté,
entregando todo el dinero al mercader, para que, con certeza y seguridad,
pudiese hacer la fianza; al cual nunca descubrimos nuestro trato y secreto, por
el peligro que había.
